Desde el Altiplano/Ricardo Ravelo Galó
Ricardo Ravelo Galó/columnista

Fecha: 20/12/2019
Hora: 18:23 hrs.

Proceso de cambio en Proceso

* "Ahora su página de Internet es más poderosa que la revista impresa, algo, quizá, poco valorado internamente".

Ciudad de México, 20 de diciembre de 2019.- Fundada por Julio Scherer en 1976, el semanario Proceso estrenará director a partir del 1 de febrero del próximo año. Se trata de Jorge Carrasco, un periodista que, con anticipación, había sido elegido por Scherer como una opción para relevar a Rafael Rodríguez Castañeda en el timón de la revista y que, hasta ahora, se ve cristalizado el objetivo.

Tras la muerte de Julio Scherer y Vicente Leñero, pilares del semanario, una etapa de malos augurios envolvieron a la revista: se desataron confrontaciones internas, algunos reporteros pidieron el relevo de Rafael Rodríguez –sin éxito –y a estos choques se sumaron otros problemas no menos serios: la crisis financiera, agudizada por la falta de publicidad, la derrota legal por una demanda laboral millonaria, que dejó temblando las arcas de la revista, lo que impactó seriamente al interior. El director atravesó una etapa de problemas de salud. No era para menos. La crisis y la incertidumbre se somatizaron.

Después de varios meses, Rodríguez Castañeda tomó la decisión de jubilarse y cumplió con la voluntad de Scherer: dejar en su lugar a Jorge Carrasco. La decisión es para celebrarse por más de una razón: Rodríguez cumplió un ciclo en la revista y lo tiene muy claro –ya es tiempo de irse –tan claro como cuando asumió la dirección, en 1999, en medio de una crisis periodística y económica muy graves.

Rodríguez Castañeda fue muy valiente hace veinte años, cuando tomó la dirección de Proceso. Recuerdo que en aquel tiempo se decía que las reservas alcanzaban para sostener a la revista sólo seis meses. Pero salimos delante de aquel momento crítico porque todos sumamos nuestro esfuerzo para que así ocurriera. Fue una extraordinaria labor de equipo. El director nunca estuvo solo.

Se debe reconocer que Rafael Rodríguez sacó adelante a la revista. Algo extraordinario es que nunca nos dejaron de pagar y siempre cumplió con todas las responsabilidades en los momentos más críticos. Nunca vi a Rodríguez Castañeda doblegarse. Sólo él sabía cómo estaban las cosas por dentro, pero siempre nos dio la confianza para seguir.

Ahora toca el turno a Jorge Carrasco y no dudo que hará un papel extraordinario. Además de excelente reportero, Carrasco es un gran ser humano, como pocos: alejado del protagonismo, sobrio, Carrasco no busca el reflector ni hipoteca su vida al boato ni a la frivolidad. No lo necesita. Él es eficaz como periodista y eso le basta. No necesita del aplauso ni del reconocimiento. Está hecho y eso lo hace muy confiable para dirigir Proceso.

A Jorge Carrasco lo conocí hace poco más de quince años, entonces era freelancer de la revista, siempre abordando los temas delicados del crimen y de la milicia. En 2005 fue incorporado al staff como reportero, fuimos compañeros durante algunos años y a menudo dialogábamos sobre los temas que trabajábamos, sobre todo los del narcotráfico, las historias de capos, los expedientes judiciales, los vínculos de políticos con la mafia…

Tiempo después, comenzó a suplir a Salvador Corro, subdirector de información, cuando se ausentaba. Siempre tuvo una fluida comunicación con los reporteros, atento, abierto para escuchar, cualidades más que necesarias para captar las ideas y enriquecerlas porque Proceso se construye así: con las propuestas de los reporteros y el apoyo de quienes cuentan con mayor experiencia para elegir el ángulo informativo novedoso, el dato que falta, la historia punzante, la fuente que revelará algo desconocido. Proceso tiene una filosofía periodística muy práctica: sólo hay que reportear, reportear y reportear. Nada más, pero nada menos.

Carrasco enfrentará serios retos: le tocará cristalizar la transición definitiva de la revista al mundo digital, sobre todo ahora que el periodismo impreso va muriendo y Proceso –al igual que otros medios –es un ejemplo de ello: ha bajado su tiraje y por ende su circulación, lejos los tiempos de aquellas tiradas de más de cien mil ejemplares que incendiaban el país con una portada explosiva. Ahora su página de Internet es más poderosa que la revista impresa, algo, quizá, poco valorado internamente.

Tendrá que rodearse de un equipo sólido y al parecer resulta más que urgente una sacudida interna: hay reporteros que ya no publican cada semana, como si la pasión periodística estuviera adormecida. Esos no se necesitan. El reto implica hacer un esfuerzo por encima de lo que es posible y para ello se requiere de una inyección de pasión periodística que en parte dependerá de la nueva política del director, pero en gran medida de las ambiciones profesionales de cada uno de los reporteros. El crecimiento es una apuesta estrictamente personal y en esta tarea no hay competencia con nadie externamente. Sólo con uno mismo todos los días. Esto lo sabe muy bien el nuevo director de Proceso.

Carrasco no cambiará la línea editorial, ésta se mantendrá, según ha dicho, intacta y basada en los principios establecidos por los fundadores, basada en los hechos, la verdad inobjetable. “Nada supera al dato estricto”, decía Scherer. Se trata de hacer un periodismo crítico frente al poder político, como siempre se ha hecho, pero a la altura del siglo XXl. Es tiempo de cambios, de muchos cambios quizá en el diseño de Proceso, que es obsoleto, alejado de lo que otras publicaciones ofrecen, como Esquire, entre otras, que han conquistado públicos nuevos por su atrevido diseño y rigurosa información. Es posible que la edición impresa tenga sus días contados, pues el mundo digital se ha impuesto como realidad insoslayable. Proceso también debe emprender la conquista de nuevos lectores, pero éstos no se conectan con un diseño pasado de moda. El mundo ya cambió hace décadas.

Digital o impreso, como sea, Proceso sí debe construir sus nuevos tiempos de gloria –lo que pasó ya fue — y Carrasco conoce bien el camino: es urgente que retomen los grandes asuntos, contar las historias relevantes, hurgar en los expedientes judiciales, publicar los pedazos de realidad desconocidos. Ese era el Proceso Julio Scherer, de Rodríguez Castañeda en sus inicios en la dirección, punzante, exigente, indoblegable su voluntad, riguroso hasta el extremo, implacable como pocos.

Es verdad que actualmente hay mucha competencia, sobre todo por la proliferación de los medios digitales, pero un periodismo de investigación bien dirigido siempre arroja buenos resultados, exclusivas trascendentes. Todo esfuerzo genera frutos. La nueva etapa de Proceso debe construirse ahora para no vivir de glorias pasadas sino de las propias. Es más saludable en más de un sentido.

En una ocasión, copa de whisky en mano, le escuché decir a Scherer cómo veía a Proceso y el impacto que tenía en la clase política cada semana: “Proceso es una aguda punta que traspasa el músculo, duele mucho porque llega hasta el hueso”.

Esta es la revista que necesita México.

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Ricardo Ravelo

Ricardo Ravelo Galó es periodista desde hace 30 años y se ha especializado en temas relacionados con el crimen organizado y la seguridad nacional. Fue premio nacional de periodismo en 2008 por sus reportajes sobre narcotráfico en el semanario Proceso, donde cubrió la fuente policiaca durante quince años. En 2013 recibió el premio Rodolfo Walsh durante la Semana Negra de Guijón, España, por su libro de no ficción Narcomex. Es autor, entre otros libros, de Los Narcoabogados, Osiel: vida y tragedia de un capo, Los Zetas: la franquicia criminal y En manos del narco.

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